"Los hombres que no amaban a las mujeres" by Stieg Larsson

Se encontraba solo en la redacción. Habían cerrado por Navidad y los empleados ya se habían largado. Estaba clasificando y metiendo papeles y libros en una caja de cartón para hacer la mudanza, cuando sonó el teléfono.
-¿Me podría poner con Mikael Blomkvist? -preguntó una voz desconocida, que sonaba esperanzada al otro lado de la línea.
-Soy yo.
-Perdone que le moleste el día antes de Navidad. Mi nombre es Dirch Frode. -Mikael apuntó de manera automática el nombre y la hora- Soy abogado y represento a un cliente que tiene muchas ganas de hablar con usted.
-Bueno, pues dígale a su cliente que me llame.
-Quiero decir que desea conocerle en persona.
-De acuerdo, concierte una cita y luego diríjale aquí, a la oficina. Pero debe darse prisa porque estoy recogiendo mi mesa.
-A mi cliente le gustaría mucho que fuera usted quien lo visitara a él. Reside en Hedestad, a tan sólo tres horas de tren.
Mikael dejó de ordenar papeles. Los medioas de comunicación tienen la capacidad de atraer a la gente más chiflada, esa que acude con observaciones e ideas de lo más disparatado. Todas las redacciones del mundo reciben llamadas de ufólogos, grafólogos, cienciólogos, paranoicos y todo tipo de aficionados a teorías conspirativas.
En una ocasión Mikael había asistido en la sede de la Asociación cultural Obrera a una conferencia del escritor Karl Alvar Nilsson con motivo del aniversario del asesinato del primer ministro Olof Palme. La conferencia era completamente seria y entre el público se encontraban el ex ministro Lennart Bodström y otros viejos amigos de Palme. Pero también se había presentado un número asombrosamente elevado de investigadores aficionados. Entre ellos, una mujer de unos cuarenta años que, durante la obligada sesión de preguntas, cogió el micrófono y luego bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible. Eso, ya de por sí, prometía una intervención interesante, de modo que nadie se sorprendió cuando la mujer empezó diciendo: "Sé quién asesinó a Olof Palme". Desde el estrado, los participantes propusieron de forma levemente irónica que si la mujer poseía una información vital, debía proporcionársela cuanto antes a la comisión investigadora pertinente. La mujer replicó rápidamente con otro susurro casi inaudible:
-No puedo; ¡resulta demasiado peligroso!
Mikael se preguntaba si Dirch Frode no sería uno más de esos iluminados poseedores de la verdad que tal vez pensaban revelar el recóndito hospital psiquiátrico en el que la Säpo, la policía sueca de seguridad, llevaba a cabo experimentos de control mental.
-No realizo visitas a domicilio -contestó lacónicamente.
-En ese caso espero convencerle para que haga una excepción. Mi cliente tiene más de ochenta años y le resultaría muy fatigoso viajar a Estocolmo. Si usted insiste, sin duda podríamos pensar en otra cosa, pero la verdad es qu sería preferible que tuviera la amabilidad de...
-¿Quién es su cliente?
-Una persona de la que seguramente habrá oído hablar en su trabajo: el señor Henrik Vanger.
Asombrado, Mikael se reclinó en la silla. Henrik Vanger, ¡claro que había oído hablar de él! Industrial y ex director ejecutivo del Grupo Vanger, otrora sinónimo de serrerías, bosques, minas, acero, industria metalúrgica y textil, producción y exportación... Henrik Vanger fue en su día uno de los verdaderamente grandes; gozaba de la reputación de esos honrados patriarcas de la vieja estirpe qeu se mantenían firmes contra viento y marea. Junto a personas como Matts Carlgren, de MoDo, y Hans Werthén, de Electrolux, él era uno de los bastiones de la industria sueca, uno de los peces gordos de la vieja escuela. La columna vertebral de la industria de la sociedad del bienestar de Suecia y todo eso.
Sin embargo, durante los últimos veinticinco años el grupo Vanger, todavía una empresa familiar, había sufrido los estragos de los ajustes estructurales, las crisis bursátiles, las crisis de los tipos de interés, la competencia asiática, la disminución de la exportación y otras desgracias que, en conjunto, habían relegado el nombre de Vanger al pelotón de cola. Hoy en día la empresa estaba dirigida por Martin Vanger, nombre que Mikael asociaba al de un hombre gordito de abundante cabellera que, en alguna ocasión, había salido fugazmente por la tele, pero al que no conocía demasiado bien. Henrik Vanger llevaría seguramente unos veinte años fuera de la escena pública, y Mikael ni siquiera sabía que seguía vivo.
-¿Por qué quiere verme Henrik Vanger? -fue la pregunta lógica que hizo a continuación.
-Lo siento. Soy el abogado de Henrik Vanger desde hace muchos años, pero debe ser él mismo quién se lo explique. Sí puedo adelantarle, no obstante, que desea hablarle de un posible trabajo.
-¿Un trabajo? No tengo la menor intención de ponerme al servicio del Grupo Vanger. ¿Necesitan un secretario de prensa?
-No se trata de ese tipo de empleo. Lo único que puedo decirle es que Henrik Vanger está sumamente ansioso por verle y tratar con usted un asunto privado.
-No es usted muy preciso que digamos.
-Le pido disculpas. Pero ¿existe alguna posibilidad de convencerle para que acuda a Hedestad? Naturalmente, correremos con todos los gastos y le recompensaremos razonablemente.
-Me pilla en mal momento. Estoy muy ocupado.... y supongo uqe habrá leído los periódicos estos últimos días.
-¿El asunto Wennerström? -De repente oyó cómo Dirch Frode se reía ahogadamente al otro lado del teléfono- . Pues sí, una historia no del todo exenta de cierta gracia. Pero, a decir verdad, ha sido precisamente la atención que ha despertado el juicio lo que ha hecho que Henrik Vanger se fije en usted.
-¿Ah sí? ¿ Y cuándo querría verme Henrik Vanger? -preguntó Mikael.
-Lo antes posible. Mañana es Nochebuena; supongo que no querrá usted trabajar. ¿Qué le parece el día después de Navidad? O cualquier otro día entre Navidad y Nochevieja...
-Ya veo que le corre prisa. Lo siento, pero si no me da más pistas sobre la finalidad de la visita no...
-Puede estar tranquilo; le aseguro que la invitación es completamente seria. Henrik Vanger desea hablar con usted y con nadie más. Quiere ofrecerle, si le interesa, un trabajo como freelance. Yo sólo soy el mensajero. Los detalles se los tiene que dar él mismo.
-Esta es una de las llamadas más absurdas que he recibido en mucho tiempo. Déjeme que lo piense. ¿Cómo puedo localizarle?
"The brutal art" by Jesse Kellerman

THE MACHINE PICKED UP. A soft, tired voice, said,
-Mr Muller, my name is Lee McGrath. I read the article and I´m interested in learning some more about the artist Victor Cracke. Would you mind please giving me a buzz? -He left a number with a 718 area code.
That night I went home without returning his call, and when I came in the next morning there was another message.
-Hi Mr Muller, Lee McGrath. Sorry to bother you again. Please, if you don´t mind, I´d appreciate hearing from you.
I dialed his number an introduced myself.
-Hi -he said- Thanks for calling me back.
-Of course. What can I do for you?
-I was reading the paper and I came across the article about this person, Victor Cracke, the artist. Sounds like some story.
-It is.
-Yes, a really interesting story. Do you mind if I ask how you came across him and the drawings? Because I´d like to learn some more about him.
Obviously, McGrath hadn´t read the article too carefully; the reporter had clearly stated that I´d never met Cracke. At the end of the piece they´d printed my phone number and a request for any further information.
I said as much to McGrath, who said "Hm".
At that point, a lot of people would have made an excuse to get off the phone. Many dealers decide within seconds of meeting you whether you´re worth a conversation. In my experience, though, restraint pays. I once had a dowdy-looking couple (Mervyns print pants. Hush Puppies) walk in, stroll around for ten minutes, ask a couple of benign questions, and walk out. Two weeks later they called me from Lincoln, Nebraska, and bought seven paintings at a hundred twenty thousand dollars apiece, followed by another half million dollars´worth of sculpture.
So I try to be patient, even if it means answering redundant questions and waiting for an old man -I´d decided, for no particular reason, that McGrath was old- to formulate his thoughts. If he cared enourgh to call me about a photo in the paper, he might be the kind of person I could sell to in the future.
He said "I understand that there were a lot of those drawings, nor just the one they reprinted in the paper".
Again, a detail the reported had noted. "There are lots more"
-How did they choose which one to reprint?
I explained about the numbering system.
-Really -he said- That´s panel number one?
-Yes.
-You don´t say... I´d really like to see that one for myself. Is that possible?
-You´re welcome to come down anytime you like. We´re open Tuesday through Saturday, ten to six. Where are you coming from?
He chuckled, which turned into a cough.
-I can´t drive anymore. I don´t leave the house too much. I was hoping I might be able to convince you to make a house call.
-I´m very sorry, but I don´t think that´s possible. I can e-mail you pictures of the work. Although I should let you know that the piece you saw in the paper has been sold.
-Well, geez. Too bad for me. If you don´t mind, though, I´d stil like to find out about Mr Cracke. Any chance you would like to come by for a bit, just to chat?
I began to tap my fingers against the desk.
-I wish I had more to tell you, but...
-What about these, eh.. -I heard the sound of a newspaper being lifted- journals. The journals he kept. Are those sold, too?
-Not yet. I´ve had several offers.
Not completely true. Some colectors had admired the journals, but nobody had put a price on them yet. People wanted objects readily displayed on a wall, not a dense, tedious text.
-Do you think I could see them?
-If you come to the gallery, I´d be happy to show you. -I said- Right now I´m afraid I can´t transport them anywhere. They´re falling apart as it is.
-This isn´t my lucky day, huh.
-I´m truly sorry. -I said.- Please let me know if there´s another way I can accommodate you.
Something about McGrath´s folksiness maed me want to be as forma as possible.
-Was there something else I could help you with?
-Probably not, Mr Muller. But I have tot take the chance and as you one more time if you´d consider taking a trip ut to see me. It´d mean a lot to me. I´m close by.
Without realizing what I was doing, I said. "Where"
-Breezy Point. You know where that is?
I didn´t.
-Rockaways. You take the Belt. You know how to the get to the Belt?
-Mr McGrath. I didn´t agree to come.
-Oh. I thought you had.
-No, sir.
-Oh. Well, okay then.
There was a pause. I started to say thanks for calling, but the said "don´t you want to know what this is about?"
I sighed.
-Okay.
-It´s about the picture in the paper. The one of the boy.
I realized he meant the Cherub in the Times.
-What about him?
-I know him -said Mr McGrath- I know who he is. I recognized him straightaway. His name was Eddi Cardinale. Forty years ago someone strangled him to death, but we never found out who. -He caughed- Can I give you directions or do you know how to get to the Belt?