Wednesday, October 28, 2009

El encuentro helado

En las tardes de mi niñez solía mirar por la ventana, mientras los mayores se dedican a sus menesteres, como hablar de lo cara que era ahora la factura de la luz o lo bien que vivíamos desde que teníamos calefacción central, y, cerrando los ojos, viajar a lo ancho y largo de un mundo que sabía que me pertenecía. En mi mundo, había decretado cual monarca indiscutible, no habría cuatro estaciones, sino dos, otoño e invierno y el invierno duraría dos veces más que la mitad de la duración media del otoño, en el que caerían las hojas y la brisa del amanecer me haría sentir como el frío tersaba la piel de mis mejillas. Sería entonces cuando ella acercaría sus labios a mi piel, labios que se me antojarían cálidos y suaves, y saldríamos a jugar, perdiéndonos entre montones de hojas.
Cuando la conocí sus ojos eran grandes y oscuros, no achinados y de un verde imposible como en mis sueños. A bordo de ese avión supe que por ella haría cualquier cosa, daría mi vida, mi alma, el último aliento. Mientras me explicaba, a mí, al único pasajero a bordo del avión que atendía a su voz suave y ligeramente nasal, las normas de aviación europeas, le hubiese dado el mundo entero, lo hubiese puesto a sus pies, la hubiese convertido en la reina de mis sueños y la señora de mi voluntad. Fue así como me aficioné a viajar. En verano, hacía las maletas y me embarcaba a lugares más frescos, de la mano de su línea aérea. A Groenlandia, a Argentina, al Nepal. De su mano conocí los lugares más exóticos y las más extrañas costumbres, hasta que un día desapareció, y con ella mis ansias de volar, de buscar nuevos termómetros que rasgasen el bajo cero.
Pasaron los años, años en los que había decidido residir en un Berlín distinto al que veía retratado una y otra vez en las películas en blanco y negro que tanto amaba. Años en los que el justiciero sol de Julio y las incesantes barbacoas de los berlineses me hacían anhelar su cálida caricia a mil pies de altura. Años en los que no pasó un día en el que no pensara en ese mundo fantástico en el que sus ojos oscuros le daban la bienvenida a un cortísimo otoño en tonos rojizos y verdosos y un eterno invierno cubierto de blanco marfil.
Ayer la vi.

Ayer la vi. Tocaba el violín en una pequeña callejuela cercana a mi supermercado.

Tenía los ojos azules, claros como el Báltico y salvajes como el Atlántico y el frío la envolvía con su fulgor azulado.

Ayer la vi y di la bienvenida al eterno invierno.

2 Comentários:

Anonymous said...

Hola¡
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Exitos con tu blog.
Un beso
tatiana.
tancha2009@hotmail.com

Héctor said...

Ai, esas incesantes barbacoas, quién las pillara.

Barcelona es un perpetuo desencuentro, he cambiado de piso, he ido a una conferencia, me ha crecido mucho el bigote y me lo puedo morder.

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